Historia de Inglaterra

- Retrato de la Reina Isabel I de Inglaterra
Los primeros habitantes de Inglaterra fueron pequeñas tribus de cazadores. Durante la Edad de Piedra llegaron oleadas de nuevos pueblos a la isla (alrededor del año 4.000 a. C.). Éstos desarrollaron una cultura agrícola en el sur y construyeron los enormes monumentos de Stonehenge y Avebury. A partir del año 800 a. C., durante la Edad de Bronce, los celtas invadieron Inglaterra.
Gracias a su superior armamento sometieron a los habitantes indígenas. Por un lado, introdujeron el gaélico y el bretón, que aún se habla hoy en regiones de las islas británicas.
Y por otro lado, introdujeron cambios en el arado y el cultivo. Sus sacerdotes, los druidas, dominaban la sociedad. Britania romana Roma invadió la isla en el año 43 d.C., y sólo tardó siete años en vencer la resistencia de los indígenas y controlar la mayor parte del territorio. Las tribus escocesas y galesas fueron los pueblos más resistentes a la conquista, y para contenerlos se construyó la Muralla de Adriano en el norte de Inglaterra.
Los romanos aportaron estabilidad, calzadas pavimentadas, y el cristianismo. Aunque la romanización sólo se manifestó en algunas ciudades. El resto del campo mantuvo la cultura celta. Hacia el 409, Roma abandonó Britania, en el ocaso de su imperio.
Los anglosajones, que ocuparon el país tras la retirada romana, ignoraron las ciudades, aislaron el cristianismo en Gales y dieron sus propios nombres a las carreteras romanas. Los anglosajones A falta de administradores romanos, los jefes britanos, nominalmente cristianos, gobernaron pequeños e inestables reinos y mantuvieron algunas de las tradiciones romanas de gobierno.
Ya a partir del siglo V, tribus de bárbaros anglos, jutos y sajones comenzaron a introducirse en el vacío dejado por los romanos, absorbiendo a los celtas. En esa época se desarrollaron una serie de reinos de taifas anglosajones. Hacia el siglo VII había siete reinos germánicos: Northumbia, Mercia, East Anglia, Essex, Wessex, Sussex y Kent, que comenzaban a tener una vaga noción de nacionalidad conjunta.
Las leyendas posteriores sobre un héroe llamado Arturo se sitúan en este convulso periodo. Los vikingos A mediados del siglo IX, los vikingos habían invadido el norte de Escocia, Cumbria y Lancashire, y los daneses irrumpían por el este de Inglaterra. En estas horas bajas, los ingleses consiguieron neutralizar la superioridad militar vikinga y comenzó un proceso de asimilación.
Sin embargo, en el siglo XI los daneses consiguieron dominar el país, imponiendo sus reyes durante algunos años. La Casa de Normandía Guillermo de Normandía llegó a las costas del sur de Inglaterra en 1066 con un ejército de 12.000 hombres. En la batalla de Hastings derrotó a su rival por el trono y se proclamó rey, fundando la dinastía normanda.
El feudalismo normando se convirtió en la base de la redistribución de la tierra entre los conquistadores y en Inglaterra surgió una nueva aristocracia y una renovada estructura social y política. Con Esteban de Blois (1135-1154) terminó la dinastía normanda. Éste periodo se caracterizó por la luchas con Francia y por la alianza de poder con la Iglesia.
La Casa de Angevin El primer rey de la Casa de Angevin, Enrique II (1154-1189), tuvo un reinado difícil por los enfrentamientos con la Iglesia y los nobles. Con Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra los problemas se agravaron. El conflicto terminó con la concesión de la Carta Magna (1215), que ponía límites a la autoridad a la corona y creaba el Parlamento, divido en la Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes.
La independencia de Escocia En siglo XIII las relaciones internacionales estuvieron presididas por las constantes guerras con Francia y Escocia. No todo fueron victorias, pero Inglaterra creció y anexionó Irlanda, Aquitania y el país de Gales.
Los conflictos más sangrientos fueron con el reino de Escocia, que proclamó su independencia en el 1306. La Guerra de los Cien Años Durante el reinado de Eduardo III (1327-1377), se desató con toda virulencia el enfrentamiento con Francia, eterno rival. La guerra duró ciento veinte años y conoció distintas fases.
Al principio los ingleses obtuvieron grandes victoria. Sin embargo, pronto los franceses aprovecharon la intervención de Eduardo, a favor de Pedro el Cruel, en el conflicto interno del reino de Castilla y León y recuperaron los territorios perdidos, excepto Calais, Bayona y Burdeos. La Casa de Lancaster y la Casa de York El siglo XV los conflictos internos en Inglaterra llevaron al país a vivir la instauración de dos casas monárquicas en menos de cien años: la Casa de Lancaster y la Casa de York.
Enrique V consiguió una memorable victoria contra los franceses, pero a su muerte y aprovechando los desordenes internos en Inglaterra (1449), Francia recuperó Normandía y la Guyana. Después de eso los ingleses apoyaron al duque de York, pero fue finalmente su hijo quien reinó. Aunque breve, el reinado de la Casa de York fue sanguinario y poco popular. En 1485, Enrique Tudor desembarcó en Gales y derrotó al tirano Enrique VI.
La Casa de Tudor Enrique VII Tudor (1485-1509) fue el primero de una dinastía que dio gran esplendor a Inglaterra. La represión que ejerció sobre la nobleza propició el crecimiento de una burguesía en la que los Tudor se apoyaron, no sólo para combatir a otros aspirantes al trono, sino también para enfrentarse con la absorbente Iglesia Católica. En el siglo XVI, los problemas matrimoniales de Enrique VIII (1509-1547) supusieron la ruptura con el Papado.
El parlamento nombró a este monarca cabeza de la iglesia anglicana, y la Biblia se tradujo al inglés. En 1536, Enrique VIII disolvió los pequeños monasterios y confiscó sus tierras. El enfrentamiento de Enrique con la Iglesia Católica le causó graves problemas internos pero el rey consiguió centralizar y unificar el sistema de gobierno. Desarrollo las funciones del parlamento aumentando las atribuciones de las dos cámaras. Durante su reinado se sentaron las bases de la futura potencia marina y mercantil inglesa.
Tras 11 años de inestabilidad en el trono de Inglaterra, subió al poder Isabel I Tudor (1553-1608), hija de Enrique VIII y Ana Bolena. Durante su reinado practicó una política de aislamiento del resto de Europa; se asentaron las bases del dominio ultramarino inglés y se fundó en Virginia (1584) la primera colonia europea de Norteamérica. Por otro lado, Isabel I supo fundar su autoridad casi absoluta en un perfecto entendimiento con el Parlamento, en un claro compromiso con la Iglesia Anglicana y en una política anticatólica.
La Casa de Estuardo A mediados del siglo XVII, ya con la Casa de Estuardo en la corona, la lucha de poderes entre la monarquía y el parlamento desencadenó la guerra civil. Los monárquicos, seguidores de Carlos I (católicos, tradicionalistas, la pequeña aristocracia y los miembros de la iglesia anglicana) se enfrentaron a los parlamentarios protestantes partidarios de Cromwell.
A la victoria de éste siguió una dictadura, que incluyó una sangrienta acción en Irlanda. Hacia 1660, el parlamento, cansado, restauró la monarquía de los Estuardo. Inglaterra y Escocia habían sido países distintos desde el alta edad media, pero desde la muerte de Isabel I el mismo soberano había gobernado ambos reinos. En 1707 formaron el Reino Unido de Gran Bretaña mediante el Acta de Unión (Union Act), obtuvieron una legislatura única y Londres se convirtió en la capital.
Debido a que la reina Ana Estuardo no tuvo hijos que sobrevivieran, de acuerdo con el Acta de Establecimiento (1701), la corona pasó a la Casa de Hannover El primero de la dinastía fue Jorge I de Gran Bretaña. El Imperio Británico A este período le siguió un proceso de expansión, ya que Inglaterra acumuló colonias en la costa americana, dio licencia a la Compañía de las Indias para actuar desde Bombay y, finalmente, consiguió tener Canadá y Australia bajo su gran esfera de influencia. Mientras tanto, ejercía un control cada vez mayor sobre las islas británicas.
El Tratado de París (1763) marcó el auge del Imperio Británico en el siglo XVIII, por el cual Francia y España cedieron control en América. El primer revés del próspero imperio sobrevino en 1772, cuando las colonias americanas proclamaron su independencia. La autoridad del gobierno inglés en las trece colonias se colapsó en 1775.
Aunque las fuerzas británicas pudieron ocupar primero Boston, Nueva York y Philadelphia, los colonos no se rindieron. Más tarde, la guerra civil dentro del Imperio Británico se convirtió en un conflicto internacional. Los franceses, los españoles y por último los holandeses apoyaron a los rebeldes. En el Nuevo Tratado de París (1783), Inglaterra reconoció la independencia de las trece colonias norteamericanas y España recibió Florida y Menorca.
La Revolución Industrial Al mismo tiempo, Inglaterra se convertía, rápidamente, en el crisol de la Revolución Industrial, ya que la energía del vapor, los trenes, las minas de carbón y la energía hidráulica comenzaron a transformar los medios de transporte y de producción. Entre 1751 y 1801, el año del primer censo oficial, la población de Gran Bretaña alcanzó los 19,7 millones de habitantes y en 1851 se había duplicado.
Una de las razones fue el descenso de las muertes por enfermedades infecciosas. La rapidez del cambio económico ya era evidente a partir de 1780, cuando James Watt perfeccionó el motor a vapor como nueva fuente de energía. Entre 1760 y 1830 la producción de tejidos de algodón se multiplicó por doce, por lo que se convirtió en la principal exportación de Gran Bretaña. En 1830 la Revolución Industrial había convertido a Gran Bretaña en el “taller del mundo”.
La reina Victoria Cuando la reina Victoria subió al trono, en 1837, Inglaterra se había convertido en la primera potencia mundial: sus flotas dominaban los mares, fusionando así el Imperio Británico, y sus fábricas controlaban el comercio mundial. Hong Kong y Singapur fueron los centros del comercio e influencia británica en China y el sur del Pacífico. La finalización del canal de Suez (1869) indujo a que se estableciera un protectorado sobre Egipto.
La reina Victoria se convirtió en la emperatriz de la India en 1876. Durante los mandatos de Gladstone y Disraeli en el Parlamento, se aplicaron los peores excesos de la Revolución Industrial; sin embargo, se universalizó la educación, se legalizaron los sindicatos y se permitió votar a todos los hombres: las mujeres tendrían que esperar hasta después de la I Guerra Mundial.
